Por cada adicto hay, al menos, cinco personas afectadas a su alrededor, y la preocupación por el entorno aún se mantiene en la sombra.

Ser codependiente es entrar en una relación fusional con el adicto. Si éste va bien, el codependiente va bien. Si el adicto va mal, el codependiente también, y suele pensar que todo depende de sus esfuerzos. Es decir, si el adicto está bien cree que es gracias a los esfuerzos que él ha hecho, y si el adicto va mal el codependiente piensa que es por su culpa. Ser codependiente significa estar obsesionado por el estado del adicto de manera tal que eso ocupa todo su ser y consume toda su energía vital. A la vez que el adicto está obsesionado por su consumo, el codependiente está obsesionado por el estado del adicto. No queda lugar para otra cosa que esa preocupación constante y persistente. Toda la estabilidad, el equilibrio del codependiente dependen del estado del adicto. Lo que lo hace muy vulnerable y a la merced de algo que está afuera de sí mismo y no en su interior.

El codependiente se da cuenta que no puede controlar la situación cuando “toca fondo”, y comprende que si sigue por ese camino va a perder el control de su propia vida. Pero a veces no se da cuenta y persiste en sus esfuerzos por ayudar al adicto a dejar de consumir. De la misma manera que el adicto persiste en su consumo a pesar de las consecuencias negativas que se acumulan, el codependiente persiste en sus esfuerzos infructuosos por ayudar pensando que “esta vez sí que resultará”. No admite su impotencia y su incapacidad para controlar la situación.

El comportamiento del adicto sobresale de tal manera que “tapa” todo lo que ocurre a su alrededor.

Otra respuesta también que podría justificar esta situación es el hecho de que las personas alrededor del adicto tienen tanta vergüenza porque se sienten culpables de la situación y del consumo del adicto que callan y esconden lo que viven. Rara vez piden ayuda. Es como una mayoría silenciosa.

 

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